No hay mentira que no sea piadosa
si en ella se cobija el alma
de quien no puede soportar
la intemperie.
— Chantal Maillard, Hilos—
Angélica Patricia Hoyos Guzmán 2
El título de este cierre es un eco necesario de aquella frase entrañable de Ernesto Guevara, escrita a sus hijos en 1966: “Hay que endurecerse sin perder la ternura jamás.” Más allá del contexto revolucionario o militante que este enunciado encierra, lo traigo a reflexión desde la voz masculina como un acto de consciencia sobre la fragilidad humana, sobre el sentir, a pesar de la dureza de las máscaras, de la tecnocracia y de la sociedad esquizofrénica que bajo paradigmas del deber ser privilegia la sobrevivencia antes que el plus placer 3, todo ello herencia del siglo XX y de anteayeres. El milenio que habitamos nos exige otras formas de ser y recuperar lo humano, lo vivible.
Esta consigna nos invita a la intimidad, a la vulnerabilidad de conectar desde nuestra propia humanidad e historia sin el caparazón que nos da la entereza en el mundo para enraizar y vivir con los demás, en la co-existencia y co-creación del mismo. Es un enunciado de la posibilidad de cohabitar no con fusiles, sino con gestos. No con consignas, sino con palabras que abracen. Y es esa ternura —íntima, política y poética— la que nos convoca, la que ha creado este Encuentro literario por un mundo tierno en el liderazgo de Abisinia.
Nos reúne aquí una necesidad profunda: volver a lo humano. Resistir desde la fragilidad. Abrazar la intemperie sin negarla. Hacernos refugio unos de otros —a través de la palabra.
Pero no cualquier palabra, la que importa aquí es la que cuida, la que baja los escudos, la que desarma las máscaras y nos devuelve a la vida que tiembla, que siente, que ama. Al régimen de la masculinidad se le prohibió el sentir y este mandato se volvió la fuente de la acción bélica de cualquier ideología, de cualquier dogma. En un mundo donde las revoluciones fueron inalcanzables y las hegemonías probaron también su fracaso a la supervivencia de la especie el poder sobre los otros quedó también como síntoma de la enfermedad colectiva, volver a sentir es urgente.
Esta ternura no es nueva ni ingenua, tiene raíces profundas en la literatura. Ivonne Bordelois, en Etimología de las pasiones, nos recuerda el término griego storgē: “afecto cálido, natural, el amor entre padres e hijos, entre hermanos. Una forma de amor que no seduce, ni exige, sino que acompaña.” En español, esa palabra no existe. Y lo que no se nombra —sabemos bien— se vuelve difícil de habitar. Sin embargo, lo más cercano es el afecto de lo tierno, enternecerse, conmoverse, en el movimiento espiritual y humano que es el otro y su imagen ante nosotros, es lo más cercano al acompañar la vida.
Desde otra mirada, podríamos pensar la ternura en clave spinozista. Una alegría que brota cuando la existencia del otro nos eleva la potencia de vivir. No busca poseer. No nace del miedo ni de la carencia. Es un reconocimiento sereno: el otro existe, y su existir nos es querido. Eso mismo atraviesa la poesía de Chantal Maillard. Aunque no la nombre directamente, su obra está llena de gestos que cuidan. Como ese verso que abre este texto: una mentira piadosa puede ser un acto de amor feroz. Maillard lo dice claro: “La ternura es la capacidad de reconocer en el otro la parte más inocente de la vida.”
Ahí no hay adorno. Hay ética. Una forma de estar en el mundo sin juicio, sin prisa, sin máscara. En la poesía, más que nombrarse, la ternura se encarna. No como consuelo fácil, sino como gesto valiente ante la herida ajena y una forma de habitar la grieta propia. Alejandra Pizarnik, Juan Gelman, Gabriela Mistral, Idea Vilariño, Wislawa Szymborska, Claribel Alegría, Jacques Prévert…Todos, desde sus tonos, han hecho de la ternura una forma de mirar, de cuidar, de resistir. Un mundo tierno es un mundo urgente. Porque —como dice Raúl Zurita—: nos vamos a morir. Y si bien la muerte es parte del envés del ciclo de la vida, hablamos de la muerte de lo humano, de lo colectivo, del sentir que nos es necesaria ante los sensores amenzantes y patológicos de nuestra propia extinción.
Frente a esa certeza, el amor que necesitamos no es el amor romántico, posesivo ni violento. Es un amor lúcido, encarnado, capaz de reconfigurar vínculos y derribar máscaras. Una alegría externa por la existencia del otro, un cuidado de sí y de la vulnerabilidad del otro. Aquí quiero detenerme en lo que nos enseña Brené Brown en su libro El poder de la vulnerabilidad, en el cual además de darnos una mirada lúcida y rigorosamente investigada sobre los paradigmas de las defensas y los mandatos obsoletos sexo-genéricos, ella escribe:
“Cultivamos el amor cuando somos capaces de permitir que nuestro yo más vulnerable y poderoso salga a la luz y se dé a conocer, y cuando honramos con confianza, respeto, amabilidad y afecto la conexión espiritual que se desarrolla a raíz de ese ofrecimiento.
El amor no es algo que demos o consigamos, sino algo que nutrimos y desarrollamos.
Solo podemos amar a los demás en la misma medida en que nos amamos a nosotros mismos.”
Y aquí es claro también que un mundo tierno empieza por el yo cuidado, decididamente empático sistémico con uno mismo, con el yo reconocido, cuidado, enternizado, para poder dar y nutrir a otro, en una mirada fenomenológica damos en la medida en que tenemos para dar, el orden de ayudar eficazmente y de ser empáticos empieza por el sí mismo, el cuidado de sí. Y en este intercambio la ternura aflora desde nuestra inocencia, pero también desde nuestra elección de sentir, aprender, autoresponsabilizarse, autodarse, compartir. La inteligencia emocional nos llama a apropiarnos de ella en tiempos donde se desarrolla la inteligencia artificial a la velocidad de la luz.
Ese es el corazón de esta propuesta de lectura del mundo a través de la poesía, de las artes que según dice Marina Garcés en su ensayo sobre la Filosofía Inacabada, son necesarias y también inacabadas porque necesitamos imaginar muchos mundos posibles, volver a conectar con el sentir, con el orden simbólico de la madre, de la vida lenta. Así que tenemos una creación pendiente. Una ternura que no es solo de poetas, sino también de tribus, de vecinas, de hijos, de manadas. Porque el mundo nos ha hecho vestir armaduras, pero somos hechos de lo mismo.
Endurecerse no es dejar de sentir, la ternura, la intimidad, la vulnerabilidad no son síntomas de debilidad en cambio sí son posibilidades para saber quiénes somos, enraizar en nuestros sentidos y tener criterio frente a lo efímero, lo banal de la felicidad instantánea, ser montaña y nutrirnos unos a otros como refugio y vida vivible, defender la dicha de la vida frente al nihilismo destructivo que amenaza y nos despoja de los movimientos del ser sin perder la humedad del río que corre hacia adelante. La ternura es una forma de estar firmes sin dejar de ser humanos. Y la palabra es la forma en que nos damos abrigo para seguir existiendo sin perder el alma. Con este Encuentro literario por un mundo tierno me sumo al llamado entre los versos de que nuestra fragilidad a la intemperie se llene de luces. Que caminemos juntos, como manada, encendiendo fueguitos con no como utopía, sino como gesto real como acto de amor lúcido, el único camino que nos queda.A continuación, me permito compartir una entrevista realizada por Harold Colorado en España, donde participo como invitada al II Foro Internacional de Paz en Granada y se me pregunta por la importancia de las letras para la paz en Colombia. Extiendo la ternura al qué hacer diario de una paz a través de las palabras, y te invito a conocer un poco más de mí y mi creación para la nueva humanidad a través del arte y la literatura: Literatura y poesía como instrumentos de Paz: perspectiva desde la Paz positiva en Colombia
- Cierre del Encuentro Literario por un Mundo Tierno, En el marco de la Feria Internacional del Libro de Bogotá, invitada por la Editorial Abisinia, 2025.
- Doctora en Literatura Latinoamericana, docente investigadora de la Universidad del Magdalena, Santa Marta, Colombia.
- Piensa en todas las cosas que haces cada día para darte placer de vivir y súmalas como el acto más tierno que te das.